Uriel Flores Aguayo
La Opinión No Pedida

En esa elección participé por primera vez como representante de casilla, de lo que haré un comentario más adelante. En ese proceso electoral la izquierda pudo participar con registro legal después de la reforma de 1977, la que coordinó Jesús Reyes Heroles. Lo hizo en una coalición integrada por los Partidos Comunista Mexicano, el del Pueblo Mexicano, el Socialista Revolucionario y el Movimiento de Acción y Unidad Socialista, cuyos líderes eran, respectivamente, Arnoldo Martínez Verdugo, Alejandro Gazcón Mercado, Roberto Jaramillo Flores y Miguel Ángel Velazco.

Arnoldo era la principal figura del PCM, Gazcón había roto con el PPS, Jaramillo venía del trabajo campesino y Velazco traía una trayectoria histórica. De esa novedosa e ilusionante incursión electoral, pública y de grandes ideas, se obtuvieron alrededor de 705 mil votos traducidos en un grupo parlamentario conformado por 18 diputados federales.

Entre ellos estaban los principales personajes de la izquierda mexicana, con excepción de Heberto Castillo y Demetrio Vallejo, que con el PMT habían decidido no participar. Esos primeros diputados de izquierda tenían entre sus filas a gente como Ramón Danzos Palomino, líder campesino; Othón Salazar Ramírez, líder magisterial; Alejandro Gascón Mercado, proveniente del PPS; Valentín Campa Salazar, heroico líder sindical ferrocarrilero; Gilberto Rincón Gallardo, de altos alcances intelectuales; y Evaristo Pérez Arreola, líder del sindicato de la UNAM; por ahí también estuvo Pablo Gómez Álvarez, de la juventud del PCM.

Esa coalición dio inicio al proceso de unificación de la izquierda que llega hasta nuestros días. Surgió el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), en 1981; después el Partido Mexicano Socialista (PMS), incluido el PMT, en 1987; su existencia fue efímera ya que en 1988 se integró de último momento al Frente Democrático Nacional (FDN), apoyando la candidatura del Ing. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, para integrarse con la corriente democrática que venía del PRI y otras expresiones en el Partido de la Revolución Democrática (PRD), en 1989. El PRD sufre un éxodo profundo en 2012 con la salida de Andrés Manuel López Obrador, que fundó a MORENA.

En la elección del 79 me acerqué al núcleo dirigente del PCM en Xalapa para ver en qué podía participar. Me asignaron la representación en la casilla a instalarse en la comunidad de Tatatila. Nunca supe cuál fue la razón para ir hasta allá y dejar casillas sin cubrir en la propia Xalapa. No hice preguntas, lo más importante era apoyar.

En un ambiente de poca organización me fui enterando a cuentagotas de mi función y casi nada sabía de la ubicación de esa localidad, y menos de alguna forma de movilidad. No omito que, al ser mi primera experiencia de ese tipo, desconocía todo.

Un poco por curiosidad y otro tanto por casualidad me enteré que había un representante general, un maestro universitario, que salía temprano el día de la jornada electoral para Perote; me dio la opción de irme con él. Y así ocurrió.

Ese domingo 1 de julio salimos casi amaneciendo, dejándome en Las Vigas. La verdad es que yo no sabía a dónde iba, más que en el papel. Además llevaba escaso recurso económico propio. Pues a preguntar.

Ya ubicado el destino, de camino accidentado, encontré a unas personas que iban para allá. Llegué cuando ya habían instalado la casilla, y me registré; todos me miraban con cierta sorpresa, estaban acostumbrados a que únicamente hubiera representación del PRI.

La casilla estuvo rodeada de mucha gente mientras hubo votantes, llegaban personas con varias credenciales de elector, no existía la de fotografía, y querían votar, evidenciando molestias cuando se les indicaba que eso ya no era posible.

Después de las primeras horas la afluencia de votantes casi fue nula, haciéndose una jornada tediosa. La anécdota radica en que llegó a votar un señor ya mayor de edad, con signos de haber estado tomando bebidas alcohólicas, y lo hizo, seguramente por error, por la coalición de izquierda; inmediatamente se lo recriminaron algunos de los presentes, tampoco había forma de practicar el voto secreto, diciéndole que no quería a la bandera mexicana.

Con ese voto y el mío la coalición tuvo dos; eso fui a cuidar, aunque, en ausencia, tal vez simplemente hubieran tachado las boletas.

Cuando había concluido la jornada, antes de recibir las actas, con oscuridad total y neblina, sin saber cómo regresarme a Xalapa, la salvación vino del representante general del PRI, que me ofreció un “aventón”. De no haber sido por esa providencial alternativa me hubiera tenido que quedar a pernoctar en algún corredor o local abandonado. De aquí nadie me había hablado de las circunstancias a que me tenía que enfrentar.

Así fue mi primera experiencia electoral legal hace 47 años. El entusiasmo del proyecto de izquierda que avanzaba y era prometedor, que hacía campaña pública nacional, ganaba espacios y tenía voz, eran razones suficientes para hacer cualquier sacrificio.

Ese romanticismo y los sueños lo valían todo.

Aunque hubiera sido mejor que me tocara cubrir una casilla en Xalapa.