María Luisa Bandala Pantoja
La voz de la inclusión

La palabra inclusión está de moda. Se utiliza cada vez con mayor frecuencia cuando se habla de discapacidad. En los espacios donde se abordan los temas de inclusión, está muy normalizado que el liderazgo, la representación y la toma de decisiones sean asumidos por personas que no tienen una discapacidad, lo que contribuye a perpetuar prácticas como el asistencialismo y el capacitismo.

Personas con discapacidad aparecen en fotografías, son invitadas a compartir sus testimonios o figuran en espacios que buscan promover la inclusión, sin embargo, su presencia no siempre se traduce en una participación efectiva en la toma de decisiones, el diseño de proyectos y la elaboración de propuestas.

Ser la imagen de una iniciativa no equivale a tener un lugar en su construcción, ¿quién puede identificar mejor las barreras que enfrenta una persona con discapacidad que quien las vive cotidianamente?

La preparación profesional permite adquirir conocimientos importantes, pero la experiencia directa aporta una perspectiva indispensable para comprender cómo las decisiones, los entornos y las condiciones de accesibilidad afectan la autonomía y el ejercicio de los derechos.
Prescindir de esa experiencia significa dejar fuera una parte fundamental del conocimiento necesario para construir la tan nombrada “inclusión”, también es indispensable reconocer que las personas con discapacidad no conforman un grupo homogéneo, existen distintas discapacidades, con características, barreras y necesidades particulares.

Por ello, tampoco basta con incorporar a una persona con discapacidad, o incluso con la misma discapacidad, para dar por representada a toda la comunidad; La participación debe contemplar esa diversidad y garantizar que personas con distintas discapacidades y distintos entornos, sociológicamente hablando tengan acceso a los espacios donde se discuten y deciden los asuntos que les conciernen, porque no todos tienen las mismas necesidades.

Las personas sin discapacidad pueden prepararse, especializarse y contribuir legítimamente a la construcción de espacios inclusivos, sin embargo, colaborar no es sustituir. La preparación académica permite aportar conocimientos, pero no concede, por sí sola, la representación de otras personas ni justifica que se prescinda de la participación de quienes viven directamente las barreras que se busca eliminar.

El lema “Nada de nosotros sin nosotros” expresa precisamente esta exigencia, no significa que las personas sin discapacidad deban quedar excluidas de los asuntos relacionados con la discapacidad, sino que ninguna iniciativa debería construirse prescindiendo de la participación efectiva de quienes son directamente involucrados.

Esto implica tener oportunidades reales para proponer, dirigir, intervenir en las decisiones y evaluar los resultados, no limitarse a colaborar en proyectos diseñados por otras personas. Las personas con discapacidad deben ser protagonistas de su propia lucha, sus derechos no pueden defenderse plenamente si se les mantiene al margen de los espacios donde se determina cómo se ejercerán.

La inclusión exige reconocer su capacidad de liderazgo, su autonomía y su derecho a intervenir en las decisiones que afectan sus vidas. Quienes trabajan en favor de la inclusión también deben preguntarse si sus prácticas contribuyen a abrir espacios o si, aun con buenas intenciones, terminan reproduciendo formas de exclusión.

Defender una causa implica reconocer el lugar de sus protagonistas, no sustituirlos; No necesitamos que otros ocupen nuestro lugar mientras hablan de nuestro derecho a la inclusión.

Necesitamos que se reconozca nuestro derecho a estar, participar, representar y decidir. Porque, si las personas con discapacidad quedan fuera de los espacios donde se construye la inclusión, ¿con qué fundamento podemos afirmar que estamos incluyendo?