Carlos Miguel Acosta Bravo
Impronta
La incertidumbre por la revisión del T-MEC ha golpeado al campo mexicano no tanto por aranceles inmediatos, sino porque congela decisiones de siembra, inversión, contratación y exportación. Ese efecto se suma a una crisis hídrica y de costos que ya redujo la producción de trigo hasta 46.4% y la de jitomate hasta 30% entre 2022 y 2025, dejando al sector frente a un futuro condicionado por agua, certidumbre comercial y productividad.
El primer golpe es comercial. El T-MEC sigue vigente, pero Estados Unidos no aceptó renovarlo en su forma actual tras la revisión conjunta del 1 de julio de 2026; el acuerdo quedó sujeto a negociaciones y a la posibilidad de revisión anual hasta 2036. Para el agro mexicano, eso significa que productores y exportadores no pueden planear con la seguridad de largo plazo que exige una cosecha, una inversión en riego, un invernadero o un contrato internacional.
El segundo golpe es productivo y climático. La Encuesta Nacional Agropecuaria del Inegi reporta que la producción de trigo a cielo abierto cayó 46.4%, de 3.1 millones de toneladas en 2022 a 1.7 millones en 2025; el jitomate disminuyó 30%, de 1.4 millones a un millón de toneladas; y el aguacate retrocedió 9.4%. La causa no es únicamente la sequía, se combinan menor superficie sembrada, encarecimiento de insumos, inseguridad, extorsión y débil inversión en infraestructura.
La falta de agua para riego es el factor más duro, porque no se resuelve con una buena negociación comercial. FIRA advierte que la disponibilidad hídrica será clave para recuperar cultivos estratégicos como maíz y trigo, cuya superficie se ha ajustado a la baja por restricciones hídricas.
En el caso del trigo, el USDA proyectó para el ciclo 2025/26 una producción menor en 1.8 millones de toneladas, equivalente a una caída de 33.9% respecto al ciclo previo, explicada por los bajos niveles de almacenamiento en presas de Sonora -principal estado productor de riego- y por precios internacionales poco atractivos. Sin agua confiable, ni el T-MEC ni los subsidios pueden compensar por sí solos la pérdida de superficie cultivable.
México vende al exterior principalmente productos frescos y de alto valor, pero su dependencia de Estados Unidos es extrema, cerca del 80% de las exportaciones agrícolas mexicanas tienen como destino ese país. Entre enero y julio de 2026, Estados Unidos y Canadá concentraron 84.5% de las exportaciones agroalimentarias mexicanas.
La revisión del T-MEC ha abierto demandas de productores estadounidenses para ampliar inspecciones fitosanitarias en huertas mexicanas, imponer mecanismos estacionales o salvaguardas y dificultar el acceso de productos mexicanos. Si esas medidas avanzan, el daño no se limitaría a grandes exportadores. La CNA advierte que podrían afectar más de dos millones de empleos rurales.
El sector sigue siendo exportador neto, pero su margen de maniobra se reduce. De enero a agosto de 2026, las exportaciones agroalimentarias sumaron 36 mil 35 millones de dólares y las importaciones 31 mil 752 millones, dejando un superávit de 4 mil 283 millones de dólares, 648 millones menos que en el mismo periodo de 2025.
El desempeño fue desigual, crecieron tequila y ganado bovino, pero cayeron aguacate, azúcar, cerveza y jitomate, con una pérdida conjunta de 631 millones de dólares. Cuando un país importa más maíz y granos mientras reduce la producción doméstica de trigo y hortalizas, el problema deja de ser solo comercial y se convierte en un asunto de seguridad alimentaria.
El futuro del campo mexicano no está escrito, pero depende de tres decisiones urgentes: Primero, agua con planeación, modernización de riego, rehabilitación de infraestructura, medición eficiente, recarga de acuíferos y priorización de cultivos según disponibilidad hídrica. Sin agua, la recuperación productiva será limitada.
Segundo, certidumbre comercial, una posición negociadora unificada entre Sader, Economía, productores y exportadores para preservar el acceso preferencial al mercado de América del Norte, resolver controversias sanitarias con criterios técnicos y evitar barreras discrecionales.
Tercero, diversificación y productividad, abrir mercados en Europa, Asia y Medio Oriente, fortalecer financiamiento, seguros agrícolas, coberturas de precios y contratos de comercialización. También será indispensable elevar la productividad, porque el problema no es solo vender más, sino producir más con menos agua, menos riesgo y mejores márgenes.
El campo mexicano enfrenta una encrucijada, puede seguir reaccionando crisis tras crisis -sequía, inseguridad, costos, incertidumbre comercial- o puede convertir la adversidad en una agenda de reconstrucción. La caída del trigo y el jitomate muestra que el problema ya no es coyuntural; es estructural.
Si el T-MEC se renegocia con certidumbre y el país invierte seriamente en agua, tecnología y diversificación de mercados, el campo puede recuperar competitividad. Si no, México enfrentará menos producción propia, mayor dependencia alimentaria, menos empleo rural y una posición más débil frente a Estados Unidos, precisamente cuando más necesita estabilidad comercial.




