Liliana P.
Lucha rosa
(Xalapeñita avecindada en el DF, ingeniero civil metida a comunicadora, fotógrafa y aficionada de coraza a las llaves y contrallaves)
El luchador no deja de ser humano, con cualidades y defectos, con virtudes y vicios, por ende, está lejos de ser una divinidad, como muchas personas lo llegan a creer.
Recogiendo la experiencia de algunos de ellos, varios coinciden en que cuesta trabajo salir del personaje, despojarse de la máscara o uniforme para volver a ser una persona normal, para volver a ser el papá, la mamá, el hermano, el hijo, el esposo, porque todos los luchadores, en el fondo, gustan ser el centro de la atención, tener cautivas las miradas de la gente, y eso no siempre es posible cuando no tienes el foro ni las condiciones adecuadas.
Si bien el luchador sale más o menos bien librado de esa mutación, hay algunos que se mimetizan con la máscara, con el personaje; un ejemplo de este caso es el Hijo del Santo, uno de los estetas más pesados que he conocido en mi rodar por este deporte, quien usando siempre la credencial de ser el vástago del luchador más popular de México, ha hecho y deshecho a su gusto, sintiendo que merece en donde se pare el mismo respeto e idolatría que como si siguiera en el cuadrilátero.
Que conste que no señalo su accionar arriba del cuadrilátero, donde honestamente me parece un tipo cumplidor, sin ser una maravilla, ya que ejecuta bien, conecta con la gente, tiene una técnica decente y es entrón; pero a mi gusto, hay varios elementos regados en las distintas empresas del país que sin los reflectores del mencionado, son mejores luchadores que el continuador de la leyenda.
Debe de ser complicado cargar con el nombre del Santo, pero también es cierto que esa fortuna de ser la persona que es le abrió muchas puertas, que también por su manera de ser, tan poco amable, se ha cerrado, o por qué cree usted que el heredero de la máscara plateada en los recientes tiempos ya no aparece en las empresas más importantes de México.
Si ha tenido sus momentos en Triple A, en el Consejo Mundial de Lucha Libre, hasta entre los independientes, pero sin trascender gran cosa, limitándose a aparecer en funciones de ferias, carnavales o haciendo firmas de autógrafos con cada vez menos personas, es una lástima que el portador de ese nombre de abolengo en la lucha libre acabe así.
De sus modos, fui testigo que en muchas ocasiones no era el más accesible para los compañeros de los medios gráficos, siempre dando mayor importancia a la televisión; de igual forma, me tocó ver en varias ocasiones cómo hacia desplantes a aficionados que lo esperaban por horas afuera de la arena (en provincia), dejándolos con un palmo de narices o simplemente pasado entre ellos sin mirarlos, obteniendo la desaprobación no sólo del público, sino de muchos compañeros de profesión.
Cada quien tiene una manera de ser, y tenemos la obligación de respetar la de los demás, pero de lo que no tenemos derecho es a jugar, según nuestro humor, con las demás personas, y más aún, siendo una figura pública, y con el nombre que lleva a cuestas.
Que conste, al señor a nivel personal no lo conozco (ni me gustaría), pero por lo que he observado como aficionada, y en mi labor como fotógrafa dentro y fuera de los vestidores, supongo que en el cielo el enmascarado de plata debe de mover la cabeza en gesto negativo cuando su vástago hace una de las suyas al público o algún compañero de profesión, amparado en el dicho de ser el hijo del Santo.


