Liz Mariana Bravo Flores
Andanzas de una Nutria
“Ya se van los pingüinos, todos juntos sobre un trozo de hielo, que sobre el mar helado flota mientras su canto se pierde a lo lejos.”
Happy feet
Tras nuestra caminata en la playa a la luz de la luna, en la que Chocorrol me confesó para llorar hasta el tuétano por mi última desilusión amorosa, nos instalamos en el característico tronco del Paso de Doña Juana para desahogarme y reírnos de las tonterías que se hacen por una pareja.
La lluvia y el frío de madrugada nos hicieron regresar a donde nos encontraríamos con una pareja de amigos, quienes dadas las condiciones de Happy Feet, uno de los amigos, en las que él se encontraba, decidieron quedarse a tomar una siesta en su auto.
La aventura comenzó cuando al llegar, hallamos sólo una nota escurrida sobre el parabrisas del jeep: “Regresamos a Xalapa, tu compadre empezó a sentirse mal de su operación. Gracias por todo”.
Palidecí al recordar que ella se había ofrecido a guardar las llaves del jeep en su bolso. Chocorrol y yo buscamos desesperadamente a ver si, por alguna iluminación de la vida, se les había ocurrido dejarlas dentro del vehículo –que estaba abierto-, o escondidas en alguna llanta o sitio del mismo, pero fue en vano.
La siguiente ilusión fue intentar arrancarlo sólo con los cables pero, según Chocorrol, esos coches es casi imposible arrancarlos así.
Sin perder más tiempo, llamé por teléfono con la esperanza de que apenas hubieran tomado carretera.
Eran casi las 7:00. Contestó mi compadre, adolorido, pues la arena y la sal marina le habían irritado su parte más íntima y recién circundada, pero a salvo pues ya estaba bañado y plácido en su cama.
Mientras esperábamos las llaves de regreso en el Paso de Doña Juana, Chocorrol y yo pescamos, nadamos, desayunamos unas deliciosas picaditas con Esteban y Gloria, tomamos el sol, asamos carnes y camarones en la fogata, en fin, disfrutamos la estancia en la playa y cumplimos con el objetivo de distraerme y olvidarme de los desamores.
Vi a Happy Feet acercarse con su andar de pingüino para entregar las llaves y entonces me pregunté en qué momento se nos ocurrió que un campamento en la playa le haría bien a su circuncisión.
Una vez con el control, regresó a Xalapa y el Chocorrol y yo nos fuimos a explorar sitios desconocidos. Tomamos rumbo a Actopan por la brecha frente a la salida del Paso de Doña Juana.
Nos divertimos brincando y explotando las funciones del jeep, hasta que llegamos a un balneario de agua corriente para aprender los principios básicos de bucear. Había poca gente dentro del agua ya que el río la traía helada y con presión.
Comencé a meter un pie y poco a poco el resto del cuerpo que, al ser tocado por el agua sentía como se adormecía por completo.
Era imposible permanecer en un lugar ya que la corriente te arrastraba río abajo. Justo ahí Chocorrol me explicó cómo respirar y sumergirme para bucear, qué hacer en caso de que un remolino me atrapara y la posición que debía adoptar mi cuerpo si el río me arrastraba.
Para entonces, ya había entrado en equilibrio térmico con el agua y me divertí dando vueltas, sumergiéndome y dejándome llevar por la corriente cual nutria que soy.
Regresamos a Xalapa con cautela por el birlo del jeep, que tan amablemente un talachero nos barrió al cambiar la llanta antes de salir de la ciudad, de noche y puebleando por sitios desconocidos de Veracruz, con los viejos amores arrancados por la corriente del río y sumergidos en las profundidades del mar; y con la satisfacción de haber disfrutado, pese a los impedimentos de Happy Feet, entre amigos de un fin de semana de pesca y aventura.
nutriamarina@gmail.com


