Arturo Reyes González
Burladero

De acuerdo a distintos testimonios históricos, hay senderos, caminos, pilares, bardas y hasta banquetas, entre tantas obras, que datan de distintos periodos de la época de los romanos y de otras culturas y que hasta la fecha uno puede acudir a las diversas regiones en las que se encuentran y ser testigos de las mismas.
Para poner un ejemplo, algunos de los vestigios de la región de Ourense en el noroeste de España datan del siglo I y otros del siglo IV después de Cristo. Algunos de estos restos arquitectónicos son muestra de urbanidad de aquellos tiempos.
De acuerdo a diferentes estudios de los especialistas en la materia, los restos son fiel testimonio de la capacidad de construcción, de excelente planeación, de visión, para hacer de manera correcta las cosas, con materiales duraderos, con trazos apropiados; en pocas palabras, las cosas como deben ser.
Además de distintas enseñanzas y valiosas herencias que esta cultura nos dejó en temas como el derecho y la política, parece que uno de los más importantes ha sido la de la obra pública.
Qué enseñanza tan grande para muchos en este país y en muchos otras naciones del mundo el hecho de que los romanos se hayan preocupado por hacer caminos, senderos y hasta banquetas que más allá de factores de nuestro tiempo como la contaminación, el pesado transito, el calentamiento global y otros, perduran hasta nuestros días.
Cuántas veces no hemos sido testigos de obras que “van y vienen”, que de manera pomposa alcaldes, diputados y hasta gobernadores acuden a su inauguración en todas las regiones y en todas las colonias y tristemente al poco tiempo se deterioran como si fueran de algún material parecido al papel. La lista puede ser interminable.
Puede sonar increíble, pero una obra, una calle, una banqueta, una sola banqueta bien hecha, puede hacer la diferencia. Recuerdo escuchar en alguna ocasión un comentario respecto del rápido deterioro de obras carreteras: “reparar es negocio, las carreteras que duran no requieren reparación”. Independientemente de quien lo haya dicho y si era una persona calificada en el tema, parece tener razón si a “negocios” se refiere.
¿Cuántas obras recuerda usted que le haya tocado presenciar su inauguración y se mantengan en buen estado? Me parece que pueden ser pocas. ¿Ha tenido oportunidad de transitar por la flamante autopista de cuota –carísima por cierto– que va de La Tinaja hacia Acayucan, en el sur del estado? Son años y años de circular y ver que la están reparando, no tarda más que un par de meses y de nuevo la están reparando. Claro, esta es obra federal, o sea que es una situación de todos los niveles.
Un amigo constructor me cuenta que en una ocasión platicó con el entonces presidente del Tribunal Superior de Justicia, René Poblete Dolores, a quien solicitaba la oportunidad de hacer alguna obra de remodelación al interior de dicho tribunal, no sin antes darle a entender que él, mi cuate, no dejaría de “ponerse a mano” con la respectiva “salpicada” o “mochada”, a lo que de inmediato Poblete Dolores respondió, palabras más, palabras menos: “…mira, afortunadamente no tengo la necesidad; ¿Me quieres ayudar de verdad? Entonces haz bien las cosas, lo que te vas a ahorrar con lo que ibas a dar, mételo en material de calidad, no hagas las cosas corrientes”. ¡Chingale!
Señoras alcaldesas, señores alcaldes, señores directores de obras municipales y de todas las instancias, señor Secretario de Comunicaciones y directores de área, ¿se puede?, ¿qué se requiere?, ¿es mucho pedir?, ¿no bastan los adelantos tecnológicos actuales, no hay manera de poder hacer bien las cosas? Qué importante y qué insignificante suena al mismo tiempo: una sola banqueta, una obra bien hecha, nada más, no más, pero que ya no se tenga que estar reparando.
Nada más no nos salgan con que hay que revivir a los ingenieros, arquitectos y obreros romanos. ¡Eso no por favor!

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