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Ana Rosa Valdés Salazar

En mi Opinión

Las reformas legislativas impulsadas por Morena son retrocesos en la vida jurídica de México. Ahí están la reforma judicial; las reformas que permitieron la creación de la Guardia Nacional, la desaparición de los Institutos Federal de Telecomunicaciones y Nacional de Acceso a la Información, que terminaron con organismos e instituciones que servían a la sociedad mexicana después de prolongados esfuerzos por mejorar nuestro sistema normativo.

Ahora Morena se empeña en una reforma que hasta sus aliados dicen que no hace falta, pero que claramente tiende a conceder al Poder Ejecutivo el control absoluto de los procesos político-electorales, anunciada desde 2025 y cuya elaboración ha sido encomendada a una comisión integrada sólo por militantes de ese movimiento.

No se conoce mucho de los avances en sus propuestas porque el proyecto que presentó la comisión fue rechazado en las alturas del poder, ante la rebelión de los partidos aliados de Morena, que vieron en peligro su supervivencia y con ello el acceso al financiamiento público, que también en términos de ese proyecto se vería reducido.

Algo que tampoco aceptan muchos morenistas y sus aliados es la desaparición de los diputados plurinominales, una de las grandes aportaciones de la reforma política de 1977, promovida por don Jesús Reyes Heroles, y que entre otros avances concedió espacios a la expresión de las corrientes políticas minoritarias en la más alta tribuna de la Nación, lo que enriqueció el debate político y abrió el camino hacia la transición democrática.

Lo contradictorio es que el presidente de esa comisión encargada de redactar la reforma electoral promovida por Morena ha sido beneficiario de la representación proporcional, pues se contó entre los diputados plurinominales de 1979, la primera Cámara elegida con la aplicación de la Ley de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales (Loppe). Casi medio siglo después, Pablo Gómez apoya una reforma que cierre los espacios gracias a los cuales pudo él ser legislador, es decir, Morena con su reforma electoral pretende destruir la escalera por la que subió al poder, lo que revela el desdén autoritario de Morena al pluralismo que caracteriza a la sociedad mexicana, porque desaparecer las diputaciones plurinominales significa acallar las voces de quienes no tengan el suficiente respaldo electoral para ganar posiciones de mayoría, pero cuya expresión será siempre importante en todo proceso democrático.

Y ese es sólo un detalle de la aún malograda reforma. Si ni a ellos los convence ya podemos imaginar lo retorcida que la quieren sus impulsores.

Se les olvida que en México todas las reformas electorales han sido producto de cuidadosas negociaciones entre todas las fuerzas políticas, cuyas propuestas se han ponderado y, cuando hubo consenso, se incorporaron a los textos legislativos.

Esta vez, desde el principio hubo cerrazón, una especie de club de Tobi, en el que sólo los morenistas pudieron opinar y no se escucharon ni se escucharán otras propuestas, pero no han podido llegar a un acuerdo. El costo político de ello ya se verá.