CUANDO EL PODER DEJA DE EXPLICARSE

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Luis Guillermo Franco
Príncipes y Bufones

El poder democrático tiene una obligación básica que suele darse por sentada: explicarse. No justificarse moralmente, no pedir permiso, no buscar aplausos. Explicarse. Decir qué hace, por qué lo hace y bajo qué reglas. Cuando el gobernante deja de informar y se ofende por los cuestionamientos de la prensa, no se vuelve más fuerte; se vuelve opaco. Y la opacidad es el primer síntoma de la arbitrariedad.

En los regímenes que aún se llaman a sí mismos democráticos, el poder no se legitima solo por el voto, sino por la rendición constante de sus razones para actuar de cierta forma. Gobernar no es ejecutar la voluntad propia, sino administrar una voluntad delegada bajo reglas preexistentes. Cuando esas reglas se ignoran, se reinterpretan caprichosamente o se sustituyen por consignas, el poder deja de gobernar y empieza a imponerse.

La explicación es incómoda porque obliga a reconocer límites o admitir ignorancia. Por eso, cuando el poder deja de informar, lo primero que hace es cambiar el lenguaje: donde antes había razones, ahora hay lealtades; donde había argumentos, ahora hay etiquetas; donde había ley para ejercer potestades gubernamentales, ahora hay narrativa para justificar yerros y arbitrariedades.

No es casual que los gobiernos que menos explican sean los que más hablan. La saturación del discurso no es claridad: es ruido estratégico. Se habla para no responder, se comunica para no informar, se repite para no aclarar. La propaganda sustituye a la explicación porque no rinde cuentas: solo exige adhesión.

En ese punto aparece el ecosistema clásico del poder descrito hace siglos. El príncipe decide sin explicar; el cortesano traduce la decisión en virtud; el bufón distrae al público mientras el acto se consuma. Cada uno cumple su función. El problema no es la existencia de estos roles -siempre han existido-, sino que ocupen el lugar que antes pertenecía a la ley.

Cuando el poder se vuelve incuestionable, ocasiona que la descalificación del crítico reemplace al debate; la sospecha sustituye a la prueba; la intención atribuida es superior al hecho verificable. Así, la crítica deja de ser una herramienta democrática y pasa a ser presentada como traición, ignorancia o mala fe.

La ley, en ese contexto, deja de ser un marco y se convierte en un obstáculo. Se la invoca cuando conviene y se la elude cuando estorba. No admiten transgredir las leyes, pero las vacían por una interpretación que las distorsiona; se lesestira hasta que pierden sentido o se les ignora con la certeza de que nadie exigirá explicación. La legalidad es decorativa.

Pero ningún poder que renuncia a explicarse puede sostenerse indefinidamente sin costo. El pago por las impertinencias gubernamentales no siempre es inmediato ni espectacular. A veces es silencioso: desconfianza, apatía, cinismo social. Otras veces es institucional: decisiones que ya no pueden defenderse ni siquiera ante quienes las toman. El poder empieza a gobernar para sobrevivir, no para cumplir su función.

Gobernar sin explicarse es más rápido, más cómodo y, al inicio, más eficaz. Pero también es más frágil. Cuando el poder deja de explicarse, deja de escuchar. Y cuando deja de escuchar, comete errores que ya no sabe corregir. El silencio argumentativo se convierte en sordera política. La realidad empieza a ser percibida como un estorbo y no como un dato. 

Cortesanos:

La democracia comienza a extinguirse cuando el gobernantedecide que ya no tiene que explicar nada. Ese día no hay tanques en las calles ni discursos solemnes. Solo hay decisiones tomadas en voz baja y defendidas con gritos. Y cuando el poder deja de explicarse, no es porque no pueda hacerlo. Es porque ha decidido que ya no debe hacerlo. Exacto, como esa gobernante en la que está pensando usted, esa persona depositaria del poder público a la que se le ve incómoda, titubeante y en ocasiones regulares iracunda ante los cuestionamientos de la prensa. Esa decisión de no explicarse, casi siempre, es el principio del fin. X: @luisguifranco