Ana Rosa Valdés Salazar
En Mi Opinión
Lo anunciaron y, aunque no lo hubieran hecho, se veía venir: ante el rechazo en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión a su iniciativa de reforma electoral, el gobierno de Morena puso en marcha un plan B que, como lo dije aquí la semana pasada, no es otra cosa que un engendro que atenta contra nuestro sistema federalista, la soberanía de los Estados de la República y el municipio libre.
El Presidente del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional, Alejandro Moreno Cárdenas, lo califica como la regresión política más peligrosa de la historia de nuestra Nación y llama a defender a México frente a un gobierno empeñado en debilitar al Estado mexicano, confrontar a la sociedad y poner en riesgo el futuro de la Nación.
Moreno Cárdenas, Alito, afirma que hoy no sólo está en juego el rumbo del país, está en juego la sobrevivencia de la democracia, de la libertad de millones de mexicanas y mexicanos.
Y tiene razón nuestro líder, porque la iniciativa rechazada fue una intentona autoritaria que, al fracasar, fue transformada por el régimen de inmediato en otro instrumento que pretende imponer a Estados y municipios de la República una narrativa que parte del falso principio de disminuir privilegios y excesos en el ejercicio de la función pública, pero no dice nada de la corrupción y la escandalosa vida de funcionarios y dirigentes de su partido Morena, que derrochan recursos en viajes, fiestas, inmuebles y automóviles de lujo con cargo al erario público.
Por eso, ante la corrupción e hipocresía del gobierno morenista y su falso discurso de austeridad republicana, es preciso unir fuerzas para defender a las instituciones, al Estado de Derecho y al equilibrio de poderes.
México había logrado avanzar, con el concurso de las fuerzas progresistas, en el fortalecimiento del federalismo y la descentralización, en la autonomía municipal, en la construcción de un sistema electoral que fue un ejemplo para el mundo, así como de organismos autónomos para acotar al Poder Ejecutivo, todo ello mediante reformas legislativas de gran calado, que fueron fruto de largas negociaciones entre los partidos políticos.
Pero llegó Morena al poder con un presidente que decía: No me vengan con que la ley es la ley… porque por encima de cualquier ley está la autoridad moral y política del presidente de la República.
Y todo se vino abajo: se adueñaron del INE, de los tribunales electorales, del Poder Judicial, desaparecieron organismos autónomos y han debilitado las instituciones de salud, de educación, de seguridad y no han terminado su labor de destrucción. Quieren ir por más y para ello mantienen una política de confrontación que polariza al país.
Pero gobernar, como dice Alejandro Moreno, no es hablar todos los días ante -agrego yo- un público escogido para no incomodar a la presidenta con preguntas impertinentes. Gobernar es atender los problemas que aquejan a los diversos sectores sociales y buscarles solución, es construir un rumbo para que el país avance al ritmo de nuestro tiempo y no vivir anclados en el pasado, pretendiendo imitar modelos que derribó y condenó la Historia.
No podemos negar que con Morena en el poder el país está en riesgo y, para salvarlo, se requiere la unión de todas las fuerzas opositoras en un proyecto de largo aliento para frenar la destrucción de lo que con tanto esfuerzo logramos construir durante varias décadas.
Podemos marchar unidos en la diversidad, lo hicimos en el pasado y podemos hacerlo ahora cuando México más nos necesita, podemos sumar hasta a los disidentes del régimen, que cada vez son más, como lo prueba el hecho de que el plan B no tiene asegurada su aprobación y tratan de convencer a los senadores rebeldes del PT, del PVEM y hasta de Morena para alcanzar la mayoría calificada.
Debemos anteponer a cualquier interés partidista los intereses de la Nación, bien supremo que las generaciones que nos antecedieron nos legaron para comprometernos en su salvaguarda.
Ese compromiso nos demanda estar a la altura del desafío que entraña enfrentar a un régimen autoritario y represor, decidido a recurrir a las peores prácticas en su empeño de perpetuarse en el poder no para servir, sino para servirse y encaminar a México por una senda que no ha sido elegida por la mayoría de los mexicanos, porque su triunfo electoral, controversial de por sí, no les dio vía libre para meter reversa a los avances democráticos del pasado reciente.
En los meses por venir veremos si somos capaces de retomar la ruta que nos conduzca de verdad a engrandecer el destino de nuestra Patria, en beneficio de las generaciones que serán nuestro relevo. Recordémoslo: es por México.





