AUTISMO EN VERACRUZ

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Mara I. Cruz Pastrana

En Veracruz, hablar de inclusión ya no es suficiente. Hoy, el verdadero reto es construir políticas públicas que respondan con seriedad, sensibilidad y eficacia a realidades que por años han sido ignoradas. Una de ellas es el Trastorno del Espectro Autista.

No escribo desde la distancia. Escribo desde la experiencia.

Como abuela de un niño de 14 años con autismo, conozco de cerca los desafíos que enfrentan miles de familias: la incertidumbre ante un diagnóstico tardío, la búsqueda constante de atención especializada y la lucha diaria por acceder a espacios educativos verdaderamente incluyentes.

Por eso, este no es un tema más en la agenda pública. Es una causa que exige acción.

El pasado Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo marcó no solo una jornada de visibilización, sino también un momento clave para avanzar en el debate legislativo en Veracruz. La diputada Ingrid Jeny Calderón Domínguez presentó una iniciativa orientada a fortalecer las acciones de inclusión hacia personas con autismo.

Este paso es relevante. Pero también deja claro algo fundamental: la sensibilización ya no basta.

El problema de fondo: inclusión sin condiciones reales

En teoría, México ha avanzado en el reconocimiento de derechos. En la práctica, la realidad es distinta. En Veracruz, muchas niñas y niños con autismo siguen enfrentando barreras estructurales que limitan su desarrollo.

Las principales problemáticas son claras:

​•​Diagnósticos tardíos por falta de protocolos y especialistas

​•​Escasa capacitación docente en educación inclusiva

​•​Ausencia de acompañamiento integral a familias

​•​Desigualdad en el acceso a servicios entre regiones

Este escenario genera una brecha profunda entre el discurso institucional y la vida cotidiana de las personas. Y es necesario decirlo sin rodeos: la inclusión sin herramientas es simulación.

Una iniciativa que abre camino

La propuesta impulsada por la diputada Ingrid Calderón pone sobre la mesa tres ejes fundamentales: detección oportuna, capacitación docente y fortalecimiento del acompañamiento institucional. No es una solución definitiva, pero sí es un punto de partida necesario. Porque atender el autismo no puede depender de esfuerzos aislados. Requiere una estrategia integral que articule salud, educación y política social.

Sin embargo, el verdadero desafío no está en presentar iniciativas, sino en darles continuidad, traducirlas en reformas concretas y garantizar su implementación. Ahí es donde Veracruz tiene una deuda histórica.

De la experiencia personal a la responsabilidad pública

Hablar desde lo personal no debilita el argumento, lo fortalece. Como abuela, he visto de cerca lo que significa buscar respuestas en un sistema que no siempre está preparado. He visto el esfuerzo de familias que no se rinden, que aprenden, que luchan y que sostienen con amor lo que el Estado aún no logra garantizar.

Esa experiencia no puede quedarse en lo privado. Debe convertirse en acción pública. Porque detrás de cada caso hay una historia que merece ser atendida con dignidad. Porque cada niño tiene derecho a desarrollarse plenamente. Porque ninguna familia debería enfrentar sola este camino.

Lo que Veracruz necesita: una agenda clara y urgente

Si realmente queremos avanzar hacia una inclusión efectiva, es necesario dar pasos concretos:

• Implementar programas obligatorios de capacitación docente en neurodivergencia.

• Crear centros públicos de diagnóstico y atención en zonas estratégicas del Estado.

• Asignar presupuesto específico para políticas de inclusión.

• Establecer protocolos de atención temprana en el sistema estatal de salud.

Esto no es una aspiración, es una ruta mínima.

Una causa que no puede esperar. Hoy, el autismo debe ocupar un lugar prioritario en la agenda pública de Veracruz. No como un tema asistencial, sino como un asunto de derechos humanos, justicia social y responsabilidad institucional.

La iniciativa presentada el 2 de abril es un paso importante. Pero lo que sigue definirá si se trata de un esfuerzo aislado o del inicio de una transformación real.

Desde este espacio, asumo una postura clara: es momento de pasar de la empatía a la acción. Porque la inclusión no se decreta. Se construye con políticas públicas, con voluntad y con compromiso.

Y cuando la causa es personal, la responsabilidad de alzar la voz es aún mayor.