Salvador Muñoz
Los Políticos
El vehículo que presentó la presidenta Sheinbaum, el famoso Olinia, creo que ha sido demasiado castigado por la opinión pública. Y lo dice alguien que maneja un carro de apenas dos metros de largo y ronda el metro sesenta de ancho. Lo dice un xalapeño que, gracias a ese huevito con llantas, no sufre por estacionamiento ni por las calles angostas de Xalapa, aunque sí padece –como todo cristiano con volante– el tráfico inclemente que satura sus avenidas.
Vivo en un fraccionamiento donde se supone que la velocidad permitida en sus calles no debe pasar de 30 kilómetros por hora. Se supone. Porque una cosa es lo que marca el reglamento y otra lo que entienden algunos al volante, sobre todo cuando se sienten Checo Pérez de privada, Verstappen de retorno o taxista con turbo emocional.
A los ruleteros que suben a gran velocidad hacia la parte trasera de Walmart, esos 30 km/h les vienen guangos. A ciertos uniformados también, porque pareciera que van a detener a una banda de asaltantes y, en realidad, sólo acuden a la Casa del Adulto Mayor que está atrás del fraccionamiento. A los repartidores ni se diga: paquetería, pizzas, comida, antojos, medicinas… todos parecen ir cargando un corazón para trasplante. Y hasta los mismos vecinos, que salen o regresan hechos la mocha por la mañana o por la tarde, como si esperaran el banderazo de salida de Mónaco.
La verdad, para alguien que ya disfruta cruzar la calle con la calma que te da cierta edad –y con la prudencia que te imponen las rodillas– sí me gustaría ver circular un Olinia por Jardines de Xalapa. Un vehículo pequeño, eléctrico, urbano, sin esa ansiedad de tráiler encerrada en carro compacto. Algo que, al menos en teoría, no venga a competir por ver quién ruge más fuerte en una calle donde deberían mandar los niños, los adultos mayores, perros, gatos, tlacuaches y peatones… no los acelerados de vecindario.
Y no sólo en el fraccionamiento. También en buena parte de la ciudad. Hasta donde recuerdo, circular por arriba de 50 kilómetros por hora en muchas calles de Xalapa no es manejar: es invocar al seguro, al ajustador, al tránsito y, de paso, a la Virgen del Camino. Aquí entre calles angostas, pendientes, topes, banquetas mordidas, autos estacionados donde se les ocurre, y peatones que aparecen entre los carros, querer correr es una invitación abierta a chocar, atropellar o quedar llantas arriba.
El Olinia en Xalapa sería como andar en carrito de golf por la ciudad. Y no lo digo en mala onda. Al contrario. Quizás para trayectos cortos tendría sentido: ir por el mandado, llevar a alguien cerca, moverse en colonias, circular en zonas tranquilas, estacionarse sin pedir permiso al cielo. Pero los riesgos ahí están: los baches, las calles empinadas, las lluvias xalapeñas que convierten cualquier bajada en pista de jabón, y por supuesto, las ansias de piloto de Fórmula 1 que traen algunos taxistas, choferes de urbanos, motociclistas, repartidores y uno que otro vecino que amanece tarde y quiere recuperar el tiempo sobre el acelerador.
Por supuesto, no imagino al Olinia muy campante por Lázaro Cárdenas, donde aunque exista velocidad máxima, hay quienes la leen como sugerencia decorativa. Ahí, entre tráileres, camiones, camionetas, taxis, motocicletas y automovilistas que creen que rebasar por la derecha es deporte extremo, el pequeño eléctrico podría sentirse como tortuga en encierro de toros.
Coatepec, en cambio, podría ser un buen escenario para el Olinia. Sus calles pequeñas, su ritmo más pausado, sus vueltas cortas, su vocación de Pueblo Mágico, todo eso haría que uno se sintiera en una ciudad Playmobil, pero con café de verdad y menos muñequitos sonrientes. En lugares así, un vehículo pequeño no desentona; al contrario, hasta podría agradecerse.
Pero viene el “pero”, porque sin “pero” no hay columna ni matrimonio que aguante.
No sé si lo haya notado, pero al menos en Xalapa no abundan los puntos de carga eléctrica para este tipo de unidades. Y aunque se diga que podrá cargarse en un enchufe convencional, la pregunta práctica es otra: ¿qué pasa si vive usted en un departamento, digamos, en un tercer piso? ¿Va a bajar metros y metros de extensión eléctrica por la ventana? ¿Le va a poner diablito ecológico al futuro? ¿Y si llueve? ¡Ah, ésa es otra! No quiero imaginar al Olinia cargándose en plena tormenta xalapeña, de ésas que llegan sin avisar y convierten la Atenas Veracruzana en Venecia con baches.
También se ha comparado al Olinia de Sheinbaum con el Catatumbo de Maduro. Hasta este momento, en lo único que se parecen es en el discurso del proyecto: vehículo eléctrico, pequeño, popular, urbano, presentado desde el gobierno y con aroma a promesa tecnológica nacional. La diferencia es que el de Claudia apenas inicia su camino; el de Nicolás, hasta donde se sabe, ahí se quedó: en el camino del anuncio, la foto y la expectativa. De la maqueta al mercado hay un tramo más largo que la subida en la calle de Bravo en estandar y con lluvia.
Sí, Olinia es apenas un proyecto. No tiene todavía el apellido comercial de un Topolino de Fiat ni el historial de un ForTwo de Smart. Tampoco tiene, al menos públicamente, dimensiones finales que permitan compararlo con precisión. Sabemos que quiere jugar en la cancha de los minivehículos eléctricos urbanos, pero todavía falta verlo circular, frenar, subir pendientes, aguantar baches, cargar batería, encontrar refacciones y sobrevivir a la crítica, que en México suele ser más dura que cualquier prueba de impacto.
Y ahí está el verdadero problema: no es sólo el vehículo. Es la cultura vial.
Porque por más que uno quiera defender la idea de un transporte pequeño, económico y eléctrico, la gente muchas veces prefiere seguir invirtiendo en una moto o en un carro que le dé más de 50 kilómetros por hora, aunque el reglamento le diga otra cosa. Aquí queremos ciudad ordenada, pero manejamos como si cada semáforo fuera enemigo personal. Queremos movilidad sustentable, pero nos estacionamos sobre la banqueta. Queremos seguridad vial, pero aceleramos en zona residencial como si el niño que cruza fuera obstáculo de videojuego.
Así que, mientras eso no cambie, tendré que seguir cuidándome de patrullas, taxis, motos, camionetas de paquetería, urbanos, repartidores y hasta de mis propios vecinos, a quienes les vale madre que la velocidad máxima en la zona sea de 30 kilómetros por hora.
Por eso, aunque me gustaría ver al Olinia circular por calles como las de Jardines de Xalapa, sospecho que su mayor enemigo no será la batería, ni el precio, ni la pendiente, ni siquiera el bache. Su mayor enemigo será el mexicano al volante.
Y entonces sí, si no pasa de promesa a producto útil, probado y realmente viable, el camino del Olinia de Sheinbaum podría terminar pareciéndose al del Catatumbo de Maduro: mucho anuncio, mucha esperanza, mucha fotografía… y poca calle. Ojalá no.
Porque, la verdad, a Xalapa le urge menos rugido de motor y más sentido común sobre ruedas.




