Valentín Herrera Alarcón
Veracruz con corazón

La obesidad en México no es simplemente un problema de peso; es el reflejo visible de un fracaso colectivo. Es una epidemia silenciosa que se ha construido durante décadas ante la indiferencia de gobiernos negligentes, una industria alimentaria agresiva, un sistema de salud reactivo y una sociedad que poco a poco normalizó hábitos que antes eran excepcionales.

México se ha convertido en uno de los países con mayor carga de obesidad en el mundo: ocupa actualmente los primeros lugares globales en prevalencia de obesidad en adultos y, aproximadamente, siete de cada diez adultos mexicanos viven con sobrepeso u obesidad. En niños y adolescentes, la situación es todavía más preocupante, pues el país se encuentra entre las naciones con mayores tasas de obesidad infantil.

Pero una epidemia de esta magnitud rara vez tiene un solo culpable; la obesidad mexicana es el resultado de una tormenta perfecta. Durante años se ha repetido la idea cómoda de que la obesidad es únicamente una consecuencia de la falta de voluntad individual: “comen demasiado”, “no hacen ejercicio”, “no se cuidan”.

Y aunque los hábitos personales importan, reducir el problema a decisiones individuales es una explicación demasiado simple para una crisis sanitaria nacional. La realidad es que millones de mexicanos crecieron dentro de un ambiente diseñado para favorecer el aumento de peso.

México cambió sus patrones alimentarios en pocas décadas de manera brutal a partir de los años 70. La dieta tradicional basada en maíz, frijol, verduras y alimentos preparados en casa fue desplazada progresivamente por productos ultraprocesados: bebidas azucaradas, harinas refinadas, botanas, comida rápida y alimentos con una combinación diseñada para estimular el consumo excesivo: azúcar, grasa, sal y aditivos como el glutamato monosódico.

La industria alimentaria descubrió hace mucho tiempo que los alimentos baratos, altamente palatables y disponibles en cualquier esquina generan consumidores frecuentes. El problema es que el precio bajo de estos productos no refleja su verdadero costo: diabetes, hipertensión, enfermedad cardiovascular, insuficiencia renal y pérdida de años de vida saludable.

También existe un componente biológico: la población mexicana, producto de una compleja mezcla genética, parece tener mayor susceptibilidad metabólica para desarrollar resistencia a la insulina, diabetes tipo 2 y acumulación de grasa visceral en comparación con otros grupos poblacionales.

Sin embargo, utilizar la genética como explicación principal sería una salida fácil y peligrosa. Los genes no cambiaron radicalmente en 40 años, pero el ambiente sí. Una predisposición biológica solo se convierte en una epidemia cuando encuentra un entorno favorable que la activa.

La respuesta institucional ha sido insuficiente. México ha intentado combatir la obesidad con campañas educativas, recomendaciones generales y consultas médicas que llegan demasiado tarde. La atención primaria en salud ha fallado en uno de sus objetivos fundamentales: prevenir la enfermedad antes de que aparezca o detenerla en etapas tempranas.

El sistema está mejor preparado para atender las consecuencias que para evitar las causas. Se trata la diabetes cuando ya existe daño renal, se atiende la hipertensión cuando ya hay complicaciones sistémicas, se busca un cirujano cuando el problema lleva décadas evolucionando.

Ante este fracaso preventivo, han ganado protagonismo las soluciones de alto impacto: la cirugía bariátrica y los nuevos medicamentos para perder peso. La cirugía bariátrica puede ser una herramienta extraordinariamente efectiva para pacientes seleccionados con obesidad severa, pero no es una solución poblacional: es costosa, requiere infraestructura especializada, seguimiento médico permanente y no está exenta de riesgos.

Pretender que millones de mexicanos con obesidad puedan acceder a una operación como estrategia nacional es una fantasía financiera y logística.

Algo similar ocurre con la nueva generación de medicamentos contra la obesidad, como los agonistas del receptor GLP-1, entre ellos la semaglutida, popularizada comercialmente como Ozempic. Han representado un avance importante en el tratamiento de algunos pacientes y han cambiado la conversación mundial sobre obesidad. De igual manera, la tirzepatida, que además de regular la glucosa también permite bajar de peso, ha abierto nuevas posibilidades terapéuticas.

Sin embargo, son medicamentos caros, con necesidad de uso prolongado y cuyos efectos a largo plazo en millones de personas todavía se siguen estudiando. Además, existe una pregunta incómoda: ¿qué sistema de salud puede financiar estos tratamientos para decenas de millones de personas con exceso de peso? La respuesta, por ahora, es: ninguno.

No se puede resolver una epidemia masiva con herramientas diseñadas para pocos.

A pesar del panorama oscuro, existen avances que merecen reconocimiento. El etiquetado frontal de advertencia en alimentos ultraprocesados fue una medida relevante porque devolvió al consumidor información que durante años estuvo escondida detrás de publicidad engañosa y mensajes confusos.

No es una solución completa, pero cambia la relación entre consumidor e industria. También ha surgido una nueva cultura de bienestar: personas que vuelven al ejercicio, que cuestionan los alimentos ultraprocesados, que buscan dietas más sanas y que entienden que la salud no depende únicamente del número en la báscula.

El reto real es abandonar la idea de que la obesidad se combate solamente con regaños, medicamentos o quirófanos. México necesita una transformación profunda de su sistema alimentario y sanitario: prevención desde la infancia, atención primaria fuerte, regulación efectiva de productos dañinos, promoción del movimiento físico y educación nutricional seria.

La obesidad mexicana no apareció de la noche a la mañana. Es el resultado de décadas de decisiones equivocadas. Y si no se corrige el rumbo, la próxima generación heredará no solo un problema de peso, sino una crisis de enfermedades crónicas que ningún hospital ni sistema sanitario podrá contener.