Pepe Cortés
Toda democracia termina respondiendo una misma pregunta.
¿Para quién existe el Estado?
De esa respuesta dependen la manera en que entendemos la libertad, los derechos, la justicia, la economía y, en última instancia, los límites del poder.
Pero debajo de esa pregunta existe otra todavía más profunda.
¿Qué es primero: la persona humana o el poder?
Toda teoría política responde, consciente o inconscientemente, esa cuestión.
Si el poder ocupa el centro, el Estado tenderá a extenderse sobre todos los ámbitos de la vida social. Si el centro es la persona humana, el poder encontrará límites que no puede rebasar.
Hace más de ocho décadas, un abogado jalisciense convirtió esa reflexión en el eje de toda su obra.
Se llamaba Efraín González Luna.
Su nombre suele asociarse con la fundación del Partido Acción Nacional y con su candidatura presidencial de 1952. Sin embargo, su mayor legado trasciende cualquier partido político. Legó a México una idea que continúa interpelando a toda democracia: el Estado existe para servir a la persona humana; la persona humana no existe para servir al Estado.
Puede parecer una afirmación evidente.
No lo era.
Y quizá tampoco lo sea hoy.
Cuando González Luna comenzó a escribir, México vivía bajo un régimen surgido de la Revolución Mexicana. Con el paso de los años, ese proyecto fue institucionalizándose hasta el punto de que el gobierno llegó a presentarse como heredero natural de la Revolución. Poco a poco se consolidó una cultura política donde disentir del gobierno podía interpretarse como disentir de la propia Revolución y, en ocasiones, del proyecto nacional mismo. Al mismo tiempo, el Estado ampliaba constantemente su presencia sobre la vida económica, social y comunitaria.
Frente a esa realidad, González Luna sostuvo una idea profundamente innovadora: ningún gobierno puede confundirse con la Nación.
La Nación no pertenece al gobierno.
El gobierno pertenece a la Nación.
Y la Nación tampoco pertenece al Estado.
La Nación está integrada por personas, familias, municipios, comunidades, universidades, asociaciones y ciudadanos que existen antes y más allá de cualquier administración pública.
Por ello, el Estado nunca puede convertirse en dueño de la sociedad.
Su pensamiento no nació de la improvisación. Formaba parte de una tradición intelectual que hundía sus raíces en Aristóteles, encontraba una formulación decisiva en Santo Tomás de Aquino, se enriquecía con la doctrina social de la Iglesia y dialogaba con el humanismo integral de Jacques Maritain.
Pero González Luna no fue un simple transmisor de esas ideas.
Las reinterpretó desde la realidad mexicana y construyó una propuesta propia.
A esa propuesta la conocemos como humanismo político.
No era un lema.
No era una consigna.
Era una forma de comprender a la persona humana y, desde ella, comprender al Estado.
Por eso González Luna no hablaba simplemente del individuo.
Hablaba de la persona humana.
La diferencia es fundamental.
El individuo puede entenderse como un sujeto aislado que reclama derechos.
La persona humana, en cambio, es un ser libre, racional y responsable, llamado a vivir en comunidad, formar familias, crear asociaciones, fortalecer el municipio y contribuir al bien común.
Desde esa concepción desarrolló cuatro principios que marcarían profundamente el pensamiento político mexicano: la dignidad de la persona humana, el bien común, la solidaridad y la subsidiariedad.
Cuando González Luna hablaba de la dignidad de la persona humana no utilizaba una expresión retórica. Hablaba de un principio fundamental: toda persona posee una dignidad intrínseca que antecede al Estado y que ningún gobierno puede conceder, disminuir o retirar.
El bien común es el conjunto de condiciones que permiten a todas las personas y comunidades desarrollarse plenamente.
La solidaridad recuerda que la libertad también implica responsabilidades hacia los demás.
Y la subsidiariedad establece un límite claro al poder: aquello que las personas, las familias, los municipios o las comunidades pueden realizar por sí mismos no debe ser absorbido por una instancia superior.
Ésa fue una de sus contribuciones más originales.
No proponía un Estado débil.
Tampoco un Estado ausente.
Proponía un Estado fuerte allí donde sólo él puede actuar: impartiendo justicia, garantizando la seguridad, protegiendo los derechos y procurando el bien común.
Pero también un Estado plenamente consciente de sus límites.
Porque cuando el poder comienza a sustituir a las personas, termina debilitando a la sociedad.
El propio González Luna escribió que la transformación política de la Nación no debía buscarse únicamente en programas exteriores al hombre, sino en el esfuerzo constante por formar personas plenamente humanas. En esa idea se encuentra el corazón de su pensamiento: las sociedades cambian de manera duradera cuando fortalecen a las personas que las integran, no únicamente cuando fortalecen al gobierno.
Hasta entonces, buena parte del debate político mexicano giraba alrededor del Estado: cuánto debía intervenir, cuánto debía crecer y qué funciones debía asumir. González Luna ayudó a desplazar el centro de esa discusión. Antes de preguntarse qué debía hacer el Estado, invitó a preguntarse para quién existía.
Con ello incorporó al pensamiento político mexicano una forma distinta de comprender el poder: no desde el gobierno, sino desde la dignidad de la persona humana.
Los gobiernos cambian las leyes.
Las grandes ideas cambian la manera en que una nación entiende esas leyes.
Y los países casi siempre cambian primero en las ideas y después en las instituciones.
Quizá ésa fue la mayor aportación de Efraín González Luna: transformar la manera de pensar la relación entre la persona, la sociedad y el Estado.
Hoy el debate continúa.
Hay quienes depositan su confianza principalmente en un Estado cada vez más amplio.
Hay quienes consideran que el mercado puede resolver, por sí mismo, la mayor parte de los problemas sociales.
El humanismo político de González Luna comenzó por una pregunta distinta.
No colocó en el centro ni al Estado ni al mercado.
Colocó en el centro a la persona humana.
Porque el Estado y la economía son instrumentos indispensables para la vida social.
Pero ninguno constituye su finalidad.
Cambian las palabras.
Cambian los gobiernos.
Cambian las ideologías.
Incluso el humanismo puede recibir nombres distintos y servir de inspiración a proyectos políticos muy diferentes.
Pero las grandes preguntas permanecen.
Hace más de ocho décadas, Efraín González Luna formuló una de ellas.
¿Para quién existe realmente el Estado?
El humanismo político no comienza preguntándose cuánto Estado necesita una sociedad.
Comienza preguntándose para quién existe el Estado.
Y responde con una convicción que atravesó toda su obra:
El Estado encuentra su legitimidad cuando sirve a la persona humana; la pierde cuando pretende sustituirla.
Mientras esa pregunta siga abierta, el pensamiento de Efraín González Luna seguirá dialogando con México.
Por eso sigue siendo uno de los hombres que cambiaron México.
@pepecortesmx
Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana; cuenta con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Es consejero estatal del Partido Acción Nacional en Veracruz y fue director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Gobierno del Estado de Veracruz.




