Salvador Muñoz
Los Políticos
Hay una constante en casi todos los gobiernos municipales –y, por qué no decirlo, también en el estata y federall– cuando llegan las lluvias: los flamantes programas de bacheo. Casi se anuncian con el mismo entusiasmo con el que se presume una obra magna, aunque en realidad sólo se trate de combatir el síntoma y no la enfermedad.
Pero hay otra constante que siempre me hace ruido cuando leo los boletines oficiales: la palabra “reparar”.
Sí, porque una y otra vez presumen que en determinado periodo “repararon” cientos o miles de baches. Y entonces uno entiende por qué nunca se acaban: ¡porque se la pasan reparándolos! Si de verdad los solucionaran, ya se habrían quedado sin materia prima para la siguiente conferencia de prensa.
Suena a juego de palabras, pero no lo es.
Un bache no se repara. Se tapa. Se rellena. Se cubre. El que se repara es el pavimento, la carpeta asfáltica o la vialidad completa. El bache sólo desaparece… hasta que decide volver.
Y ahí aparece la otra constante: ese hoyo recién tapado que, semanas después –a veces días–, vuelve a abrir la boca para devorar un rin, ponchar una llanta o poner a prueba la suspensión del automóvil.
Entonces sólo caben dos explicaciones.
La primera: el trabajo de bacheo fue mal ejecutado.
La segunda: el material utilizado simplemente no sirve.
Y, siendo sinceros, en no pocos casos aplica la célebre respuesta popular: “ambas dos”.
Lo verdaderamente preocupante no es el bache. Es lo que representa. Cada hoyo que reaparece significa cuadrillas movilizadas otra vez; maquinaria, otra vez; combustible, otra vez; mezcla asfáltica, otra vez; y recursos públicos, otra vez. Traducido al español de los contribuyentes: nuestros impuestos terminaron, literalmente, enterrados… dentro del mismo hoyo.
La pregunta inevitable es: ¿qué procede?
Tal vez dejar de administrar el problema y comenzar a resolverlo. En muchas calles ya no basta con seguir aventando paladas de asfalto. Lo que corresponde es repavimentar por completo o, al menos, intervenir los tramos cuya vida útil ya expiró. Sale más caro al principio, sí, pero resulta mucho más barato que financiar el eterno retorno del mismo bache.
En Xalapa tenemos un ejemplo muy ilustrativo. La avenida Miguel Alemán fue repavimentada durante la administración de Ricardo Ahued. Sin embargo, poco tiempo después comenzaron a aparecer nuevamente los hoyos, particularmente en el tramo del antiguo Cine Tajín hacia la avenida Américas. Claro, los taparon… y los siguen tapando. Eso habla de una obra cuya calidad, por decir lo menos, dejó mucho que desear. Porque si un pavimento asfáltico bien ejecutado puede ofrecer entre cinco y diez años de servicio, y uno de concreto varias décadas, resulta difícil explicar que apenas estrenado ya estuviera pidiendo curitas.
Al final, los programas de bacheo, sean municipales, estatales o federales, terminan pareciendo más un paliativo que una solución. Y, de paso, un mecanismo perfecto para justificar presupuestos año tras año. Porque mientras existan baches que “reparar”, siempre habrá recursos que ejercer.
Quizá el verdadero negocio nunca ha sido acabar con los baches.
Quizá el negocio consiste, precisamente, en que nunca se acaben.