Salvador Muñoz
Los Políticos
La oposición ha puesto el grito en el cielo porque Morena permitirá que sus diputados busquen la reelección sin separarse del cargo. Lo presentan como una ventaja indebida, una cancha inclinada, un partido donde unos juegan con árbitro a favor y otros con el pito en contra. Y, sí, el argumento tiene lógica. Quien ya ocupa una curul posee reflectores, recursos institucionales y una agenda pública que difícilmente tendrá un aspirante de a pie.
Pero la moneda tiene otra cara. Esa misma curul también puede convertirse en un banquillo de los acusados porque si alguien decide quedarse otros tres años en San Lázaro o en el Palacio de Encanto, inevitablemente tendrá que pasar por el examen más incómodo: el de sus propios resultados. El elector, al menos en teoría, tendría la oportunidad de preguntarse qué hizo durante tres años. ¿Legisló? ¿Gestionó? ¿Defendió a su distrito? ¿Presentó iniciativas que trascendieran el boletín de prensa? ¿O simplemente aprendió el fino arte de levantar la mano cuando se lo indicaban?
Claro, tampoco seamos ingenuos. En una elección no todo se reduce al desempeño. También pesan la maquinaria electoral, la estructura territorial, el presupuesto político, la disciplina partidista y, por supuesto, esa vieja conocida llamada apatía ciudadana, capaz de convertir la indignación en abstención. Muchas veces el diputado no gana porque haya sido extraordinario; gana porque el adversario fue peor, porque el partido sigue fuerte o porque la gente decidió quedarse en casa viendo la repetición de una telenovela antes que ir a votar.
Un caso particular es Paola Tenorio Adame. Tres ocasiones consecutivas representando a Los Tuxtlas no se consiguen únicamente por obra de la casualidad. Algo está haciendo bien para Morena. Será una eficaz gestora, una operadora política de primer nivel, una legisladora destacada… o una combinación de todo ello. Lo cierto es que, si su nombre vuelve a aparecer en la boleta, será porque el partido considera que sigue siendo una mina de votos.
Y el caso de Paola ocurre cuando Morena ni siquiera presumía el músculo territorial que hoy presume. Ahora hablan de un padrón cercano al millón de afiliados en Veracruz y de la encomienda de que cada militante convenza al menos a dos personas más de votar por el movimiento. Si las matemáticas políticas funcionan como esperan, el panorama cambia considerablemente.
Sin embargo, existe un enemigo que no aparece en las encuestas, pero suele llegar puntual: el hartazgo. Ese “¿otra vez el mismo?” u “¿otra vez la misma?” que, elección tras elección, termina pasando factura. Aunque, siendo honestos, hay políticos a quienes ese fenómeno parece no conocerlos ni de vista… como Paola.
Hay, además, un detalle que suele olvidarse. La figura del diputado no atraviesa ni hoy ni nunca su mejor momento ante la opinión pública. Al contrario, suele aparecer entre los cargos peor evaluados y más desacreditados por la sociedad. Para muchos ciudadanos, “diputado” sigue siendo sinónimo de privilegios, discursos interminables, selfies en tribuna y una misteriosa capacidad para desaparecer del distrito justo después de ganar la elección… “Voten por mí y les prometo no volver a pararme por el distrito”, cuanta la anécdota de un candidato en Martínez de la Torre.
Así que sí, competir sin dejar el cargo puede representar una ventaja. Pero también obliga a cargar durante toda la campaña con el expediente completo de tres años de trabajo… o de tres años de simulación.
Porque quien aspira a permanecer otros tres años sentado en una curul o en otra silla, comienza en realidad a buscar la reelección desde el primer día en que protesta el cargo. Unos lo hacen legislando, otros gestionando y no faltan quienes confunden el trabajo parlamentario con la producción industrial de boletines, fotografías y videos para redes sociales. El objetivo es el mismo: hacerse visibles.
Y en eso, hay que reconocerlo, muchos diputados –sin importar el color del partido– son verdaderos artistas. Algunos legislan. Otros gestionan. Y unos cuantos dominan, como nadie, el noble oficio de parecer que hacen ambas cosas.




