Salvador Muñoz
Los Políticos
“No me ayudes, compadre…”, “Más ayuda el que no estorba…”, “Más compone un inútil quieto que cien movidos…”, “Curar con sal y salir peor del mal…”
No puedo evitar pensar en esos refranes cuando escucho a la GoberNahle tratar de justificar a Roberto Ramos Alor aunque, siendo precisos, ese “justificar” encaje mucho mejor en aquello de “defender lo indefendible”.
Porque no es lo mismo decir que fueron “desafortunadas” las declaraciones del delegado del IMSS-Bienestar en Veracruz que minimizar lo que todos vimos y escuchamos. Ramos Alor no tuvo un accidente verbal. No se le escapó una palabra. No fue una frase sacada de contexto. No confundió amnesia con magnesia. El hombre habló como quiso hablar. Y, peor aún, habló como aparentemente acostumbra conducirse parado en un ladrillo.
“Si usted no quiere operar y no participar, no opere, no opere sencillamente, porque usted se siente ofendida de que no tiene las herramientas para operar, pero no opere, así de sencillo…”
La frase por sí misma debería bastar para entender la dimensión del problema pero hay más. Porque en medio del intercambio aparece también ese recordatorio nada sutil de que él interviene en la evaluación de los médicos residentes. Entonces ya no estamos únicamente ante un funcionario incapaz de medir sus palabras. Estamos frente a un funcionario que, colocado ante médicos que reclaman insumos para hacer su trabajo, decide sacar a pasear el cargo, la jerarquía y la autoridad. Es decir: no responde al problema. Les recuerda quién manda. Y eso cambia todo.
Lo verdaderamente grave de aquella grabación no es el “no opere”. Es el rostro que aparece detrás de la frase. El personaje que se revela cuando nadie le está acomodando la luz, revisando el discurso o poniéndole enfrente un micrófono para que diga que todo marcha de maravilla. La cámara no inventó a Ramos Alor. Nada más lo exhibió. Y quizás por eso la defensa resulta todavía más complicada.
La GoberNahle puede decir que hubo expresiones desafortunadas. Puede ofrecer disculpas a la población. Puede hablar de coordinación, de trabajar juntos, de ayudar a la Presidenta Claudia Sheinbaum y hasta de corregir lo que haya que corregir. Lo que no puede hacer es borrar el video. Ni convertir la prepotencia en una falla de dicción. Porque allí está. Enterita. Con sonido y a todo color.
Aquí aparece además otro ingrediente político que quizá explique por qué Rocío Nahle camina con pies de plomo. Ella no puede despedir a Roberto Ramos Alor. No depende administrativamente de ella. El delegado responde a la estructura federal del IMSS-Bienestar y, finalmente, a Alejandro Svarch, director general del organismo.
Nahle puede molestarse. Puede reclamar. Puede pedir. Puede sugerir. Pero no puede mandarlo a su casa con una firma. Hasta ahí, entendible. Lo que ya escapa de nuestra comprensión es que de la imposibilidad jurídica para removerlo se pase a la necesidad política de cobijarlo, porque hay una enorme diferencia entre decir “Ese funcionario no depende de mi gobierno” y decir “Trabajamos muy coordinadamente con él”.
¡Ah! Entonces sí hay coordinación. Qué lástima que la coordinación no se note con la misma claridad en los quirófanos porque para salir a contener el incendio político parecen bastante coordinados pero para garantizar medicamentos, materiales, instrumental y cirugías, la coordinación se vuelve una especie de fenómeno paranormal: todos dicen que existe, pero pocos la han visto. Y aquí viene lo más incómodo…
Entre iguales se entienden. Entre iguales se cobijan. Entre iguales se protegen. La defensa que hace Nahle corre el riesgo de terminar diciendo más de ella que del propio Ramos Alor.
Porque cuando un funcionario exhibe soberbia frente a médicos residentes y la respuesta superior consiste en traducirlo como una simple declaración “desafortunada”, el mensaje hacia abajo es peligroso: No importa tanto cómo ejerzas el poder. Importa que sigas siendo de los nuestros. El problema de Ramos Alor ya no es únicamente sanitario. Es político.
Cada vez que habla, obliga a alguien más a salir a explicar qué quiso decir. Cada desplante suyo obliga a la 4T a gastar saliva, tiempo y capital político en limpiarle el tiradero.
Y un servidor público que necesita más energía para ser defendido que para defender su trabajo deja de ser funcionario. Se convierte en carga. Ramos Alor podrá conservar el cargo. Podrá tener respaldo en México. Podrá sentirse seguro de que Alejandro Svarch no le ha enseñado todavía la puerta. Pero después de aquella grabación perdió algo mucho más difícil de recuperar: La posibilidad de fingir que no sabíamos cómo era.
La próxima vez que diga que escucha a los médicos, que comprende a los residentes o que trabaja por mejorar el sistema de Salud, inevitablemente aparecerá aquella escena.
“No opere”. Así de sencillo. Y mientras Nahle intenta componerle la plana, vuelve inevitablemente el refrán: No me ayudes, compadre.




