Pepe Cortés
La democracia no se sostiene solo con votos. Necesita instituciones que no le deban nada al poder político y reglas que no cambien a mitad del juego. Para eso existen los pesos y contrapesos: para que quien gobierna, legisla, juzga u organiza elecciones no concentre facultades sin vigilancia. Cuando una decisión institucional deja dudas, la confianza ciudadana se desgasta.
Brasil acaba de mostrarlo. Lula da Silva ganó su cuarto mandato con 51.79 % de los votos válidos, frente al 48.21 % de Flávio Bolsonaro. La diferencia fue de 4 millones 430 mil 191 sufragios, en una elección con más de 128 millones de votantes. El resultado llegó acompañado de una polémica: la ampliación judicial, por dos horas, de la jornada electoral.
La medida la ordenó un tribunal electoral presidido por Cristiano Zanin, quien fue abogado de Lula. Ese antecedente no prueba parcialidad, pero obliga a ser más cuidadoso con las formas. Y hay un detalle que pesa: cuando se anunció la ampliación, el escrutinio ya había comenzado y ya circulaban resultados preliminares. En un país con voto obligatorio, cambiar el horario en ese momento exige razones jurídicas sólidas y una explicación clara de cómo se trató por igual a todos los electores. Nadie ha demostrado fraude. Pero la duda no se disipa con silencio, se disipa con respuestas.
La paradoja es que Lula ganó la Presidencia sin ganar el Congreso. El Partido Liberal de Bolsonaro es la principal fuerza legislativa y, con sus aliados, podría tener mayoría en ambas cámaras. Lula tendrá que negociar presupuestos, reformas y nombramientos. Ganar una elección no es recibir un cheque en blanco, y un Legislativo con independencia puede ser un contrapeso real.
México vive su propia prueba. Guadalupe Taddei, presidenta del INE desde 2023, anunció que renunciará el 26 de octubre, en medio de señalamientos por presuntas irregularidades en contrataciones y posibles conflictos de interés con proveedores. La Auditoría Superior de la Federación abrió una investigación de oficio. Taddei había rechazado dejar el cargo, pero el domingo 25 el INE publicó el comunicado 460 anunciando su salida. Minutos después lo borró. Después volvió a subirlo, sin explicar nada. Cuando el órgano que organiza las elecciones no puede comunicar con claridad ni una renuncia, el problema ya no es solo de una funcionaria.
Además, el momento importa: el INE está preparando el proceso electoral federal de 2027. Las acusaciones tendrán que comprobarse por la vía legal, y una renuncia no sustituye ninguna investigación ni borra responsabilidades. La Auditoría debe fiscalizar, los órganos de control deben aclarar los hechos y la Cámara de Diputados debe garantizar una sucesión transparente.
Brasil y México son países distintos, pero comparten un reto: que sus instituciones electorales actúen por encima de los intereses partidistas. Eso no depende de la buena voluntad de quien ocupa el cargo. Se demuestra con decisiones bien fundadas, procedimientos abiertos y consecuencias para quien falla.
Los contrapesos no son confrontación permanente. Son límites. Los tribunales revisan la legalidad, los órganos electorales cuidan el voto, los congresos vigilan al Ejecutivo y los ciudadanos exigen cuentas.
Las instituciones no existen para servir al gobernante de turno. Existen para que el poder tenga límites. Una democracia sin contrapesos puede seguir celebrando elecciones, pero ya no tiene con qué defenderse de quien quiere mandar sin freno.
@pepecortesmx
Economista y abogado. Analista político y articulista.




