Sergio González Levet
Sin tacto
En todas las épocas y todas las circunstancias, los hombres han pensado que están viviendo hechos inéditos cuando transcurre su realidad. Es de humanos pensar que hay algo nuevo bajo el sol cuando participamos por primera vez en un evento o conocemos alguna cosa novedosa para nuestra mente.
Siempre hemos sido de tal naturaleza desde que el homo empezó a ser sapiens.
Pero en estos tiempos extraños, en este mundo raro en que nos está tocando vivir, nos vemos obligados a contemplar hechos inimaginados para nuestra capacidad de asombro, en parte por el avance vertiginoso de la tecnología y la ciencia; en parte por el decantamiento de nuestra esencia hacia su naturaleza más abominable; en parte por la decadencia de la especie, ya sea por el tiempo acumulado o por la inevitable herrumbre del paso de los siglos y los milenios.
Hoy en México, los habitantes de este hermoso país vivimos en un asombro permanente y continuado ante todo lo que sucede en la política, en la economía, en las relaciones humanas, en el amor… en la violencia.
Compartimos el fervor de las madres y los padres de desaparecidos con la bestialidad de los sicarios que asesinan a bebés y a todo lo que se les ponga delante; conviven los mártires de la democracia con los más implacables ladrones de la voluntad popular; persisten las pugnas de la izquierda corrupta y dogmática con la derecha bienintencionada pero igualmente obstinada en su limitada visión.
Y en todos estos cambios, irreparables de por sí, seguimos repitiendo los mismos errores, cayendo en las mismas contradicciones, destruyendo sin remedio a la nación.
Pasamos apenas en 200 años de lo malo a lo pésimo; de lo desastroso a lo apocalíptico: la traición de Iturbide que acompañó al nacimiento de México en 1821, la locura santanista, la casi dictadura de Juárez, la dictadura de Porfirio Diaz, la sangrienta Revolución a caballo, la corrupta institucionalización priista, la inmadura participación del PAN hecho gobierno…
Y transitamos de la dictadura perfecta a la perfecta corrupción que casi ha acabado con la República en apenas ocho años.
La transformación hecha eslogan de cuarta dio al traste con todos los avances democráticos, con la infraestructura que se había logrado a pesar de las ladronadas en todas las obras, con las instituciones que hacían más libre y promisora la vida nacional: el seguro popular, la red carretera, el instituto electoral ciudadano, la rendición de cuentas a través de la contraloría social y la transparencia obligatoria.
Ahora nos toca trabajar para que los ciudadanos podamos crear una nueva sorpresa: la caída monumental del autoritarismo y del saqueo desmesurado de la familia morenista…
…y ver los malvados finalmente metidos en prisión.




