Liz Mariana Bravo Flores

Andanzas de una Nutria

“Suena la brisa, el mar pide silencio a las gaviotas”

Haiku popular

Era un día para nosotros dos, de esos que poco se dan pero que disfrutamos tanto. Tomó mi mano entre las suyas grandes, fuertes, cálidas y morenas. Por alguna razón el destino nos llevó de pinta al Puerto de Veracruz, dejando de lado la necesidad de preocuparnos por nada.

Ahí estábamos. Teníamos el día completo. El sol calentaba el día y nuestra piel cubierta por pequeñas prendas, propias de la temporada. Nos teníamos el uno al otro para platicar y aprender mutuamente.

Pocas veces recorremos un lugar sin rumbo fijo, aquella ocasión lo hicimos. Emprendimos camino sin saber a dónde nos llevarían nuestros pasos.

La sorpresa fue maravillosa. La vida nos llevó a un muelle en el que se encontraba un grupo de japoneses con mediano entendimiento y expresión del habla hispana. Nuestros ojos brillaron al descubrir lo que hacían y, sin dudar, nos acercamos a cuestionarles.

Frente a nosotros, por debajo del agua, un cardumen de peces payaso nadaba y brincoteaba para comer las bolitas de pan que había en los anzuelos. Para entonces no tenía idea de la existencia de los mismos pues, además de que Nemo todavía no popularizaba la especie, a mi corta edad tampoco me había adentrado en el mundo de la pesca.

Ahora, casi 25 años después, me detengo a pensar un poco y me pregunto para qué estarían pescando animales tan pequeños; pero en ese momento, la magia de estar con mi padre, de encontrar a aquellos peculiares japoneses pescando en el muelle con todo y sus característicos sombreros cónicos, cual si fueran una caricatura, de ver por primera vez peces nadando en su hábitat natural, esos hermosos animales rayados en blanco y naranja, con una ligera línea negra que pareciera delinear su cuerpo. Todo eso me envolvió en una magia sin precedente en mi vida.

Papá y yo decidimos instalarnos sobre el muelle para observar cómo pescaban los japoneses, que no tuvieron problema en amigarse con nosotros y compartirnos sus técnicas de pesca. Mi padre estaba asombrado. Con todo el equipo de pesca que él tenía, le costaba trabajo sacar algún animal en sus excursiones al mar.

De manera regular buscaba un lugar que no estuviera poblado porque el ruido ahuyenta a los peces, que fuera de madrugada para que la superficie aún estuviera fresca y se acercaran los animales, que fuera con carnada especial, con caña, carrete y un sinfín de elementos más.

En cambio, los japoneses tenían apenas unas maderas con hilo enredado sobre el que colocaron plomada, destorcedor, anzuelo y unas pequeñas bolitas de pan blanco, como quien lo amasa para hacer migajón. Lo hacían a media tarde y justo en medio de Veracruz, en donde los turistas y vendedores transitan emitiendo una bulla característica del lugar y, con todo eso, sacaban pez sobre pez.

Contemplamos largo rato el panorama y decidimos avanzar sobre el muelle para contemplar el atardecer. Mientras lo hacía, remojaba mis patitas de cría de cuatro o cinco años en el mar porteño que, para ese entonces, todavía no estaba tan contaminado y lleno de aguas negras como ahora.

Platiqué largo rato con mi padre acerca de lo que acontecía en mi vida que seguro eran mis peleas con mi hermano y mamá o algo del niño que me gustaba en el kinder.

Recorrimos el muelle de regreso. Nunca antes había estado en uno, visto a un japonés fuera del televisor, ni un pez en el mar y, mucho menos, un pez payaso y, a partir de ese momento, quedó sentado el precedente de que mi papá y yo nos daríamos momentos para compartir a solas.

Aquél fue un día para nosotros. De ésos que poco se dan, pero que disfrutamos tanto

nutriamarina@gmail.com