Salvador Muñoz
Los Políticos
Circo, maroma y teatro… así le llama hoy el partido en el poder a cualquier intento de la Oposición por hacerse notar, por meter ruido, por decir: “¡oigan, aquí seguimos y no nomás vinimos a calentar la curul!” Seguramente, en sus años mozos, cuando Morena (o PRD o MC o PAN u otros) era Oposición y el PRI era dueño del escenario, los tricolores usaban la misma letanía, o una parecida, para minimizar al adversario. Porque en política cambian los actores, cambian los colores, cambian los discursos… pero las mañas, ésas nomás se cambian de camiseta.
Y es que cuando no hay equilibrio de fuerzas, cuando la aplanadora oficial pasa por encima de argumentos, razones, reglamentos y hasta del sentido común, no queda de otra más que recurrir al ingenio. O al numerito. O al show. Como hizo hace poco Sergio Gil Rullán, diputado de Movimiento Ciudadano, que con su gracia escénica logró lo que a veces no logra un discurso de veinte minutos: sacudir el avispero moreno y obligarlos, al menos por un rato, a dejar de bostezar.
Circo, maroma y teatro… y eso que ahora llevan cubetas. Porque en los arranques de nuestro Constituyente, cuando el país todavía olía más a pólvora que a democracia, muchos diputados llegaban con pistola al Congreso, como quien va a una cantina brava o a cobrar una afrenta. Eran tiempos en que abundaban militares, caciques, hombres de horca y cuchillo como diputados, y la política se entendía más como duelo que como debate. Hasta que a alguien, milagro de la civilidad, se le ocurrió prohibir las armas en lugares públicos… como el Congreso. Mire nomás qué avanzada idea: que los diputados no se maten en el recinto.
Las pistolas se guardaron, sí, pero no por ello se templaron los ánimos. Las balas se cambiaron por discusiones cabronas, por insultos de grueso calibre, por amenazas al calor del fuero. Ahí está, fresquecito en la memoria, aquel episodio en que el hoy alcalde de Tantoyuca, Roberto San Román, cruzó el recinto legislativo para ir a encarar y amenazar al diputado Miguel Hermida Copado. Otra vez, la misma triste moraleja: cuando escasea la razón, sobra la testosterona. La política convertida en bravata de cantina.
Pero si la Oposición tenía que echar mano del ingenio para sobrevivir a la aplanadora, tampoco el PRI cantaba mal las rancheras cuando le tocaba ejercer el mayoriteo. Y lo hacía con una franqueza brutal, casi pedagógica, como si le dijera a la Nación: “Te chingas porque puedo”. Allí está, inmortal, la legendaria Roqueseñal, ese gesto que resumió mejor que mil discursos la relación entre poder, cinismo y pueblo bueno… antes de que existiera el pueblo bueno como concepto de mercadotecnia política.
Claro, en comparación con ciertos desplantes de hoy, la vieja Oposición hasta se veía tierna. Prefería lo teatral. Lo simbólico. Lo pintoresco. Como aquella escena ya clásica de Marco Rascón, diputado del PRD, plantado bajo la Máxima Tribuna con su máscara de cerdo durante un informe de Ernesto Zedillo. Una imagen poderosa, grotesca, burlona… pero infinitamente mejor que convertir el Congreso en arena de lucha libre.
Porque una cosa es el performance y otra el ring. Y de ring supieron bastante en San Lázaro, donde diputados del PAN y del PRD terminaron a golpes y empujones durante la toma de posesión de Felipe Calderón Hinojosa. Ahí sí el debate subió de tono… y de puños. Y lo más sabroso del caso es preguntarse dónde andan hoy varios de aquellos perredistas rijosos. Bueno, algunos no cambiaron de ideas: nomás de siglas, de camiseta y, si acaso, de patrón.
¿Diputado “Striper”? No, no crea que hablo del primero que se le vino a la mente… aunque, siendo honestos, de cierto modo sí. Si usted pensó en Sergio Mayer, no está tan perdido; si pensó en Zenyazen “Tarzan Boy” Escobar, tampoco anda tan mal. Pero ésos, para acabar pronto, eran profesionales del espectáculo. El que sí hizo del Congreso una pasarela del despojo patrio fue Antonio García Conejo, diputado del PRD, quien se encueró en un recinto alterno de San Lázaro para protestar por la reforma energética. Ya ni sé si aquello fue protesta legislativa, acto desesperado o casting para “Sólo para mujeres, versión soberanía nacional”.
Y en Veracruz, ¡faltaba más!, tampoco cantamos mal las rancheras. Aquí también hemos tenido nuestros capítulos de circo parlamentario con sabor jarocho. En 2016, diputados del PAN tomaron la tribuna del Congreso local para impedir la aprobación de reformas sobre la basificación de burócratas. Y ahí quedó en la memoria Ana Ledezma, encadenándose, mientras un ejército de azules le hacía segunda, como si entre todos montaran una versión tropical de Los Miserables, pero con dieta legislativa y aire acondicionado.
Y no, no vaya usted a creer que los morenos son santos de estampita ni monaguillos del decoro parlamentario. También tienen sus galas. Ahí está Zenyazen Escobar, el “diputado striper”, cuando en agosto de 2018 Morena tomó las instalaciones del Congreso local para impedir lo que denunciaban como un albazo en el nombramiento de magistrados del Poder Judicial. No recuerdo si hubo cadena, candado o correa, pero show… show sí hubo. Y del bueno, de ese que hace sudar al ujier, rabiar al oficialismo y gozar al espectador.
Así que sí: circo, maroma y teatro ha habido siempre en los congresos, sean guindas, azules, amarillos, rojos o del color que toque ese sexenio. A veces con máscaras, a veces con cadenas, a veces con cubetas y a veces con calzones. Unos lo llaman resistencia. Otros, payasada. Y no falta quien, desde la superioridad moral de ocasión, lo condene hasta que le toca estar del otro lado del garrote y entonces descubra las virtudes del performance legislativo, o resumido de manera magistral por el Poeta Juvenal: Al Pueblo, palabra tan socorrida por el Morenato, pan y circo.





