Pepe Cortés

Durante años, una parte de la política mexicana se convenció de un mito: que las ideas estorban para ganar. Para construir mayorías había que moderar posiciones, diluir diferencias y formar alianzas incluso entre fuerzas con historias y principios distintos. El pragmatismo ocupó el espacio de las ideas y la pregunta dejó de ser para qué queríamos gobernar para reducirse, demasiadas veces, a quién había que derrotar.

El problema fue más profundo que una estrategia electoral equivocada. Mientras unos dejaron de hablar de sus ideas para no incomodar, otros siguieron hablando de las suyas. Cuando una corriente política abandona esa conversación, permite que sus adversarios definan las palabras y establezcan los términos del debate.

Eso es perder una batalla cultural.

Durante demasiado tiempo, la derecha mexicana permitió que otros explicaran qué significaba ser de derecha. La propiedad privada se presentó como defensa de los poderosos; la libertad económica, como ausencia de solidaridad; limitar al Estado, como abandonar a los más vulnerables. Frente a esas caricaturas, muchas veces la respuesta fue esconder la identidad.

Fue un error. Si nosotros no explicamos nuestras ideas, alguien más terminará explicándolas por nosotros.

La Encuesta Nacional de Mitofsky de julio permite dimensionar el desafío. Apenas 10.6 por ciento de los ciudadanos se ubica en las dos posiciones de derecha de su escala ideológica, mientras 59.6 por ciento se coloca en las dos posiciones de izquierda. La lectura inmediata sería que en México existe poco espacio para la derecha. Pero quizá estamos formulando mal la pregunta.

Una cosa es la etiqueta ideológica y otra los principios que orientan la vida cotidiana. Hay mexicanos que jamás se definirían como de derecha y, sin embargo, quieren vivir seguros, proteger el patrimonio construido con su trabajo, decidir cómo educar a sus hijos, emprender sin una burocracia asfixiante y contar con instituciones que impidan los abusos del poder.

La pregunta relevante no es solamente cuántos mexicanos se dicen de derecha, sino cuántos comparten principios que históricamente han encontrado expresión política en ella.

Defender a la persona humana significa entender que el poder existe para servirla. Defender la propiedad privada es reconocer que detrás de una casa, un negocio o los ahorros de una familia existen trabajo y proyectos de vida. Defender la sociedad antes que el Estado supone respetar la autonomía de familias, empresas, universidades, iglesias y organizaciones civiles. Defender la libertad económica significa comprender que difícilmente habrá prosperidad donde emprender sea una carrera de obstáculos.

México no necesita importar una doctrina. El Humanismo Político coloca la dignidad de la persona en el centro, reconoce que la sociedad es anterior al Estado, defiende la libertad con responsabilidad y concibe al poder público como un instrumento limitado al servicio del bien común.

Pero una doctrina encerrada en documentos sirve de poco. Tiene que explicar la vida cotidiana. Ahí es donde una doctrina se convierte en una alternativa política. Y una alternativa que realmente cree en sus ideas debe estar dispuesta a medirse con ellas.

Durante la visita de Jorge Romero a Veracruz, uno de los temas en los que más insistió la prensa fue el de las posibles alianzas y coaliciones rumbo a 2027. En los últimos procesos buena parte de la estrategia opositora giró alrededor de con quién había que aliarse para enfrentar a Morena. Pero si la batalla cultural consiste en explicar lo que somos, difícilmente puede librarse escondiendo nuestras diferencias dentro de una coalición.

Antes de preguntarnos con quién debemos aliarnos, tendríamos que preguntarnos cuánto podemos crecer por nosotros mismos.

En Veracruz, mi posición es clara: en 2027 Acción Nacional debe competir solo por las diputaciones locales y federales. Sin coaliciones ni alianzas electorales.

Sé que este planteamiento tiene un costo real. Competir solos puede significar, en lo inmediato, menos escaños que compitiendo en bloque frente a Morena. Es un riesgo que no debemos minimizar. Pero es distinto perder votos por diluirnos en una coalición sin rostro propio que perderlos defendiendo con claridad quiénes somos. Lo primero erosiona nuestra identidad incluso cuando se gana; lo segundo, aun cuando se pierda, deja una base desde la cual crecer.

Competir solos nos obliga a construir candidatos, recuperar presencia distrital, fortalecer estructuras y buscar directamente el voto ciudadano. También permitirá conocer nuestra verdadera fuerza: saber cuántos veracruzanos están dispuestos a acompañarnos por lo que somos y proponemos, no por la suma aritmética de una coalición.

Construir candidaturas propias tampoco significa encerrarnos. Acción Nacional debe abrir espacios a ciudadanos sin militancia que compartan nuestros principios. La fortaleza de un partido no depende solamente de quienes tienen credencial de militante, sino también de su capacidad para incorporar ciudadanos dispuestos a defender un proyecto común.

Después de la elección habrá que dialogar y construir acuerdos en los congresos. Una cosa es construir acuerdos entre identidades distintas y otra diluir esas identidades antes de que el ciudadano vote.

También necesitamos mirar hacia dentro. En los últimos días hemos visto la salida de algunos militantes. Hay que reconocer el tiempo y trabajo que aportaron y respetar su derecho a buscar otros caminos. Pero sus decisiones no prueban que Acción Nacional haya perdido su esencia.

Los principios del PAN aquí están. Son firmes y trascienden personas y generaciones. No se fueron con quienes decidieron marcharse; fueron ellos quienes dejaron de identificarse con esos principios y tomaron otro camino.

Conviene recordar que varios de quienes hoy cuestionan al partido tuvieron durante años responsabilidades y oportunidades dentro de Acción Nacional, en la estructura partidista, gobiernos emanados del PAN o espacios legislativos. Si hoy consideran que hubo errores o decisiones equivocadas, tampoco pueden asumirse como simples espectadores: tuvieron responsabilidades y oportunidades para contribuir a corregir aquello que hoy cuestionan.

Sus salidas representan también el cierre de un ciclo y la oportunidad de abrir espacios. La renovación del Comité Directivo Estatal en Veracruz ha comenzado a incorporar nuevos cuadros y nuevas voces, aunque falta mucho por renovar. Hay generaciones de panistas que han trabajado sin cargos, candidaturas ni reflectores y merecen una oportunidad.

Ningún cargo es patrimonio de una persona y ningún espacio político puede convertirse en una posición permanente. Acción Nacional necesita nuevos liderazgos y una militancia que permanezca por convicción. Los principios permanecen; las personas deciden si todavía quieren caminar con ellos.

Las elecciones se ganan en las urnas, pero la batalla cultural comienza mucho antes: cuando nuestras ideas trascienden los documentos y los círculos de militantes activos para convertirse en respuestas que otros ciudadanos reconocen como propias.

Esa es la batalla cultural que la derecha mexicana tiene que ganar. Para Acción Nacional comienza por recuperar identidad, defender nuestras ideas, abrir espacio a una nueva generación y volver a convencer a México.

@pepecortesmx

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Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con posgrados en Administración Pública y Control y Fiscalización. Es consejero estatal e integrante de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz. Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva del autor.