Miguel Angel Rueda-Ruiz

Filias y fobias… del Poder

“Hoy eres ocho columnas, y mañana eres cesto de la basura”, advertía el periodista Luis Velázquez Rivera en los salones de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación, de la Universidad Veracruzana. La frase resume la condición del oficio en un país donde la difusión de las verdades es un arma de doble filo. Ilumina cuando conviene al poder. Quema cuando le incomoda.

En el Día Internacional del Periodista, vale la pena trazar una línea clara entre el Periodismo —profesión con andamiaje científico, deontológico y jurídico— y el periodista, sujeto humano, con pretensiones, filias y desaciertos.

El Periodismo se sostiene sobre un trípode normativo y ético. El Derecho a la Información, la Transparencia y la Rendición de Cuentas. En México, ese trípode tiene base constitucional (artículo 6°) y se opera mediante leyes federales y estatales, instancias garantes y procedimientos de solicitud, revisión y sanción.

En Veracruz, la arquitectura es similar. Portales de transparencia, cuentas públicas, informes de gasto y auditorías coordinadas entre la Auditoría Superior de la Federación y el Órgano de Fiscalización Superior.

Ese andamiaje, que pretende ser desmantelado y reducido a una expresión decorativa, es la herramienta que permite al Periodismo reconstruir historias a partir de versiones institucionales, contrastar datos, identificar sesgos y, sobre todo, diferenciar información de propaganda.

Cuando el ejercicio del Poder Público o del Poder Privado transgrede marcos jurídicos, el Periodismo tiene la obligación de mostrar nombres, grupos y redes de intereses que trafican con influencias y parentescos, socavando el presupuesto público bajo el amparo de la impunidad.

La otra cara de la moneda es la opacidad. Reserva de información de interés público, sobre todo vinculada y vinculante a procesos judiciales, bajo el argumento de Seguridad Nacional.

Declaraciones patrimoniales clasificadas como confidenciales en su totalidad, versiones públicas recortadas hasta lo irrelevante, comités de transparencia que se instalan para “garantizar” el acceso mientras se reducen los canales reales de solicitud.

En varios estados, reformas recientes han debilitado órganos garantes y centralizado decisiones, generando caídas de hasta 22% en solicitudes de acceso a la información y consolidando una tendencia hacia la opacidad institucional.

En Veracruz, la decisión de clasificar como confidencial la declaración patrimonial y de intereses de la gobernadora Rocío Nahle (2023–2025) fue denunciada como un incumplimiento al principio de rendición de cuentas, pues la ley exige publicar versiones públicas que protejan datos sensibles pero no oculten el conjunto del patrimonio y los conflictos de interés.

Ese tipo de actos alimenta la percepción de una administración patrimonialista y personal de lo público: lo estatal tratado como extensión de la esfera privada, con beneficios reservados a círculos de confianza y redes de lealtad.

Aquí conviene marcar la línea discursiva. El Periodismo es una profesión con métodos. Verificación de fuentes y documentos, contraste de versiones, uso de herramientas jurídicas (Derecho a la Información, leyes de transparencia), y códigos deontológicos que sancionan transgresiones en lo personal y en lo público. El periodista, en cambio, es el sujeto humano que ejerce esa profesión, con ambiciones, miedos, filias, fobias y, a veces, desaciertos.

El periodista puede acercarse a la narrativa literaria y llevar un componente de romanticismo. Puede caer en la tentación del protagonismo o en la comodidad de la repetición institucional.

Pero su tarea central, más allá del estilo, es buscar verdades cotidianas de interés colectivo y difundirlas. Cuando lo hace bien, el Periodismo deja de ser un eco y se convierte en contrapeso.

El ejercicio profesional del Periodismo implica siempre riesgos porque incomoda y exhibe ante la opinión pública a quienes ocultan beneficios obtenidos bajo el amparo de gobiernos o poderes fácticos, legales e ilegales.

En un entorno donde la visibilidad es volátil —hoy ocho columnas, mañana cesto de la basura—, la protección del oficio no puede depender del humor del Poder ni de la popularidad momentánea. Depende de la solidez del método, del uso inteligente de las herramientas jurídicas y de la coherencia ética.

Las instancias de transparencia, aunque acotadas recientemente en algunos casos, siguen siendo palancas clave para el Periodismo de investigación. Permiten acceder a contratos, convenios, nóminas, subsidios y programas que, bien cruzados con trabajo de campo, revelan patrones de clientelismo, sobrefacturación y desvío.

La deontología, por su parte, recuerda que el fin no justifica los medios.

La verdad no se construye con calumnias ni con omisiones interesadas.

En un país donde la opacidad se disfraza de “Seguridad Nacional” y la rendición de cuentas se reduce a informes protocolarios, el Periodismo sigue siendo uno de los pocos mecanismos capaces de poner luz donde el poder prefiere sombras.

Y el periodista, con sus filias y fobias, es el operador humano de esa tarea. Imperfecto y mortal. Pero indispensable.